LA AVENTURA DEL TANGO: SAN JOSÉ DE FLORES

ANTONIO PIPPO PEDRAGOSA Columnista

Me da pena verte hoy, barrio de Flores,/ rincón de mis juegos de pibe andarín./ Recuerdos queridos, novelas de amores/ que evoca un romance de dicha sin fin./ Nací en este barrio, crecí en sus veredas,/ y un día alcé el vuelo soñando triunfar;/ y hoy pobre y vencido, cargado de penas,/ he vuelto cansado de tanto ambular…

Primera parte de San José de Flores –música de Armando Acquarone y letra de Enrique Gaudino-, compuesto en 1936, el mismo año del nacimiento, en ese barrio, de Jorge Mario Bergoglio, hoy en el sillón de Pedro del Vaticano, quien, según propia confesión, aprendió muy joven a bailar el tango, inspirando en un hogar de piamonteses que adoraba esa música. Poco más se sabe del vínculo del Papa con el tango, más allá de sus admiraciones: Carlos Gardel, Julio Sosa y Ada Falcón; este último caso no deja de ser una curiosidad y hasta puede sugerir sentimientos piadosos, pues esa cantante fue la que, en un rapto de renunciación, dejó fama, dinero y comodidades y se recluyó varias décadas, hasta su muerte, en un convento de monjas terciarias de Córdoba.

Cosas de un barrio tanguero, con una historia impar.

Puede parecer extraño, pero no tiene acta de nacimiento; surgió como un pueblo que fue creciendo tras la parcelación de la chacra de Juan Diego Flores, quien la había adquirido en 1776: cuatrocientos treinta y tres metros de frente por cinco mil quinientos de fondo, extendidos desde el actual cementerio de Flores hasta la avenida Álvarez Jonte.

Muerto el dueño, su hijo adoptivo, Ramón Francisco Flores, y el apoderado de la familia, Antonio Millán, planificaron la urbanización e iniciaron la venta de terrenos a ambos lados del Camino Real, hoy avenida Rivadavia. Los Flores, católicos, donaron una parcela a la iglesia y allí se instaló la parroquia de San José, santo al que se encomendó el lugar y cuyo nombre, anexado al de los pioneros, le dio la denominación definitiva.

Mientras crecía a pasos agigantados –con algunas viviendas suntuosas y otras modestas- los habitantes de San José de Flores vieron hechos excepcionales: el general Manuel Belgrano pasando con su ejército rumbo a Rosario; frecuentes visitas de Juan Manuel de Rosas, cuyo socio y amigo Nepomuceno Terrero se afincó allí; las tropas de Hilario Lagos, en 1852, buscando sentar su base con el objetivo de sitiar Buenos Aires; y el general Urquiza firmando en la parroquia el tratado de navegación de los ríos Paraná y Uruguay.                

Al impulso del Ferrocarril del Oeste –hoy línea Sarmiento- el pueblo progresó de modo explosivo, al punto que muchas familias se instalaron en zonas marginales, de suelo inapropiado, aunque con su voluntad inquebrantable lograron vencer esas dificultades naturales: a tal área, hasta hoy, se la conoce como el Bajo Flores, donde estuvo el club San Lorenzo de Almagro, que luego abandonó el sitio, y ahora ha anunciado la recompra de esas tierras para regresar a su “lugar natal”. 

San José de Flores da vivienda a poco menos de ciento cincuenta mil vecinos, celebra su día cada 31 de mayo, y es de los barrios donde el tango sigue más vivo en Buenos Aires. No es casualidad que una de sus esquinas típicas sea Gaona y Boyacá, retratada con gran sensibilidad por un habitante del lugar, el popular Cacho Castaña, en su exitoso Café La Humedad.

Pero el himno es, claro, San José de  Flores, tango que estrenó Oscar Alonso, con acompañamiento de guitarras, el 8 de mayo de 1936. Más de diez años después lo grabó Ricardo Tanturi con la voz de Roberto Videla y, según consenso de entendidos, hay una placa, numerada con el l.007, del uruguayo Luis Alberto Fleitas, con las guitarras de Piso, Fontenla, Trías y Olivera, hecha para el efímero sello Madan, aquí en Montevideo, en febrero de 1948 y que –se dice- es prácticamente inhallable.  No obstante, es posible que la versión de mayor repercusión popular siga siendo la de Osvaldo Pugliese, de 1953, con la voz de Alberto Morán.

La letra, cuando concluye el tango, esboza un trazo exageradamente dramático, que muchos han considerado gratuito: –Más vale que nunca pensara el regreso,/ si al verte de nuevo me puse a llorar./ Mis labios dijeron, temblando en un rezo:/ ¡Mi barrio no es éste, cambió de lugar!/ Prefiero a quedarme, morir en la huella,/ si todo he perdido, barriada y hogar./ Total, otra herida no me hace ni mella,/ será mi destino rodar y rodar

Quién sabe qué desencanto tan profundo llevó a Gaudino, el poeta, a describir semejante decepción final.

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