EL PENSADOR: MIRAR, DISCUTIR Y NO HACER NADA.

Por Antonio Pippo

Sólo los generosos y los altruistas serían capaces de ponerse en el lugar de los otros y comprender sus necesidades.

Si fuere verdad, la enorme mayoría de los políticos uruguayos –decir todos, que seduce, me da cierto pudor- es egoísta. Y vaya que con la mayoría tenemos suficiente, de modo que nos sobre y nos asfixie llegado el momento.

Esto surge de echar un vistazo al puchero a la española en que se ha transformado el primer año del nuevo gobierno. Sobran palabras, sobra gesticulación: con las palabras, en algunos casos escurridas pero siempre amontonadas se dice lo mismo que desde hace décadas; con la gesticulación, divertida de tanto en tanto, a veces patética, escasamente seria siempre, se advierte la influencia de la “política de imagen” que venden en abundancia los mercaderes del marketing a aquellos que aspiran al sillón mayor de la democracia, que aún la hay por aquí, o a esas otras poltronas que representan cuotas de poder.

No insistiré sobre la falta de propuestas significativas, sobre tropiezos que se pretenden arreglar al día siguiente del discurso ni sobre la pobreza de promesas que saltan sobre la opinión pública como globos de colores reventados de pronto.

Antes de ir al punto central de mi inquietud, dedico un párrafo a los ciudadanos: no están ayudando mucho que se diga.

Si uno juzga por la desvergüenza de las redes sociales u otras manifestaciones de similar pretensión, hay como una división muy despareja; son muchos los que no piensan porque, les digan lo que les digan, ya están convencidos, y son pocos los que ejercen el libre pensamiento crítico con la ética del postulado. O sea que el panorama, observando a los receptores de mensajes, es desalentador. Quizás tiene razón Tomas Abraham cuando dice que pensar, a fin de cuentas, si se repara en las caminatas de Epicuro, en las recorridas bucólicas de Nietzsche y Rousseau, en los paseos de Aristóteles y en la intensa sociabilidad de Sócrates, es una disciplina aeróbica; y por acá hay obesidad a raudales -¿Bergara, un ejemplo?- y quizás no se piensa porque se respira mal.

Bueno, en fin. A lo que iba: ¿nacerá el día en que los principales políticos, esos que pueden llegar a conducir los destinos del país, quiten del medio su egoísmo, despojen de importancia a su inflamado ombligo y consientan en dar un paso hacia los otros, sin considerarlos enemigos, de modo tal que –obvio, no en todo, no en demasiados detalles, pero sí en cuestiones centrales- pudiera llegarse a acuerdos, de esos que nos parecen extravagantes porque hay que llamarlos “políticas de Estado”?

Qué sé yo. La educación del futuro inmediato. La seguridad. Cómo enfrentar el terrible déficit fiscal que nos pone al borde del abismo. Las formas equitativas de crear empleo, de distribuir la riqueza a través de mecanismo impositivos. La salud. Los años por venir de la seguridad social.

¿No estamos habituados? ¿No es una práctica política habitual desde remotos tiempos? ¿Hay excesiva desconfianza? ¿Se pretende “ganar en toda la cancha” sin conceder que los otros deberán dar una mano?

Día tras día se exhibe ante nosotros –al menos ante quienes nos importa esta actitud, porque sin ella sabemos que no hay futuro sustentable- que si una cosa no se está buscando es consenso. En nada.

Quienes están y quieren quedarse, y quienes balconean el panorama con aspiraciones, semejan autitos chocadores. Están tan preocupados por sí mismos, por sus ideas, que hasta dejan su vejiga al borde de explotar y olvidan mear con tal de seguir montando unas caminatas, sonrisas, abrazos a señoras desconocidas, besos en cabecitas de niños y, ah, claro, la caudalosa verbalización de sus recurrencias.

Sus excursiones se cruzan. Y se cruzan sus ofensivas y contrataques.

Nunca lo hacen sus manos para detener el disparate colectivo, ni se serenan para absorber una bocanada de aire fresco (esto sin alusión malintencionada, lo juro), ni sus culos coinciden en sillas alrededor de una mesa común para, cuanto menos, rozar la generosidad que al país le urge.

Estamos en el horno, como dice mi amigo Malquíades Marduk cuyos padres -amantes de la literatura sobre lo prehomínido- le pusieron ese nombre para que fuera “uno más entre muchos que trabajan con benevolencia y espíritu constructivo…”


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