EL PENSADOR: Tienen razón pero no pisen la sensatez

Por Antonio Pippo

Bueno, a decir verdad, sólo algunas o, mejor dicho, unas cuantas, que andan de lanza en ristre y a las que no parece conveniente hacerles chistes.

Hablo de las que “se cortan solas” del movimiento feminista, un conglomerado muy heterogéneo, y que por estos días se han convertido en tema recurrente de charlas y debates.

Lo que sigue sólo tiene de mío la síntesis en que he tratado de contener información de fuentes académicas y enciclopedias –o sea información respetable- sobre los orígenes del feminismo.

Busca la igualdad de derechos con los hombres y la emancipación, en general, de la mujer. Su base ideológica moderna surgió de filósofos y mujeres de letras en el siglo XVIII: durante la Revolución Francesa se formaron clubes de mujeres republicanas que exigían que aquello de “libertad, igualdad y fraternidad” se aplicara sin distinción de sexos. En 1791 apareció la “Declaration des droits de la femme et de la citoyenne”, de Olimpe de Gouges y en 1792 la “Vindication of the rights of de women”, de Mary Wollstoncraft. Ambas chocaron contra el conservadurismo defensor de la familia tradicional e ideas cristianas sobre la autoridad del padre, movimientos que se imponían en aquellas sociedades. El Código de Napoleón, que sirvió de inspiración a muchos otros posteriores, frustró las aspiraciones de las mujeres; en cambio, una fuerte tendencia a su favor vino, como un ventarrón inesperado, de la mano de la industrialización, al exigir el trabajo de la mujer fuera del hogar como mano de obra barata.

Eso bastó para dar pasos hacia a dignidad cada vez más grandes.

A modo de contexto para reflexionar, es suficiente.

Por supuesto, hasta el presente el feminismo ha crecido en fortaleza y, al paso de los años, obtenido unos cuantos de esos derechos por la equidad. Más aún: en un país como Uruguay, la propia Constitución consagra esa igualdad por encima de cualquier raza, credo o sexo.

Se sabe: no basta.

Pero la cosa pasa por otro lado.

¿Cómo explicar que el feminismo unido a la búsqueda de un objetivo común y loable, en gran parte logrado, haya adosado a su corriente central, valiente, sensata, decenas de grupúsculos fanatizados que han hecho una “olla podrida” entreverándolo todo, en ancas de violencia verbal y de actitud. Por mencionar apenas varios ingredientes de esa olla: políticas de género llevadas al absurdo a cuestiones como el aborto, los derechos de las parejas homosexuales, reclamos salariales, cuotas políticas, el hombre como enemigo por tener un pene, el capitalismo -¡cuándo no!- y la siempre abofeteada propiedad privada? 

Claro, el mundo de hoy, gracias a las tecnologías digitales, permite que se viva en medio de información instantánea, generalmente tropezada, no verificable pero que permite la interactuación rápida, sin razonamiento, pura emoción.

Entonces, al celebrar el Día de la Mujer, se ve en la calle damas de toda edad con los senos al aire, pintarrajeadas, a grito pelado y teatralizando sus reivindicaciones como en la época de las cavernas y, ah, eso nunca falta, rompiendo lo que pueden y enchastrando con pintura el frente de templos religiosos.

Concluido el descalabro y limpiada la mugre, vienen las declaraciones: una mayoría de mujeres, por fortuna y sin cejar en su lucha, desprecian estas actitudes de patotas chatarra; otras mujeres, por suerte una minoría, las reivindican con explicaciones que volverían loco, loquísimo a Freud.

¿Y el Estado? Por ahora ausente, hasta en la prevención. Quizás no ha digerido lo que está ocurriendo; quizás a quien lo representa, el gobierno de turno, no le sirve poner a ninguna loca de la guerra en contra.

¿Adónde iremos a parar, lector? Y… viene fea la mano.

Me limito, incluso por seguridad personal, a volver a las fuentes que me permitieron redactar el “contexto central” que usted leyó: “El abordar la problemática de las cargas familiares y hogareñas de una manera racional, constituye un paso indispensable para una real emancipación de la mujer”.

Mientras tanto, apoyar lo que exige la mayoría feminista con sentido común, en todos los asuntos, y controlar a las desequilibradas dogmáticas que, si las dejan, incendian el Estadio Centenario.

El Estado –más claramente aquellos que por ahora son su personificación visible- no puede quedarse en los vestuarios, oliendo algodones con alcohol. 


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