Por Antonio Pippo
¿Qué cosa es la “opinión pública”?
Quiero decir ese fenómeno –más o menos masivo, la ola va y viene, hombre- que, se supone, cuando juzga zanja las cuestiones que sea y santo remedio.
Incomoda las vísceras definirla hoy, lector.
¿Acaso es el resumen de lo que uno oye en sus recorridas por los boliches? ¿O lo que surge de los asados entre amigos, ya en la etapa de los eructos culpa de tanto chinchulín y molleja? ¿O las peroratas descerebradas en las colas donde fuere, con el aburrimiento y el dolor de callos de cada quién? ¿O, tal vez, los vómitos fanáticos de ese fenómeno posmoderno, cuasi esotérico, que ha dado en llamarse “redes sociales”?
Pues, de verdad, no lo sé. Pero sí sé que los periodistas no estamos siendo demasiado bien considerados por ella. Por eso estoy preparado para recibir, luego que esa diosa pagana lea lo que sigue, el rosario de puteadas que con seguridad me tirará encima en acto total o, cuanto menos, y por decirlo de algún modo, de mayoría parlamentaria que la represente.
Es que comentaré brevemente la actuación del Presidente de la República, estos últimos días, encabezando actos y, con libre movilidad para estar a manos de los periodistas, siempre en un no buscado desorden pero eso es insuperable, supuestamente para adelantar ideas de país futuro a cuentas de su todavía flamante función.
Han sido un stand up de aquellos, por etapas, mi amigo.
En escenificaciones diferentes, con toques que recordaron ceremonias religiosas cargadas de exhibicionismo de pesadas sedas de colores mezclados, semejante a celebraciones de la Parva Domus. Cuando hay platea, aparecen turcos y monjas sin hábito, como gustaría decir a Mariano José de Larra, multiplicados en sonrisas, aplausos hasta cuando no correspondan y un deseo pecaminoso de chupar la mamadera.
Y detrás del púlpito –con caminatas cortitas y ademanes de pastor en su salsa-, el actor de comedias que dejó su verdadera identidad en vestidores. O sea, no recordó que, haciendo teatro o no, es el primer mandatario de todos los uruguayos, no sólo de su queridísimo partido, o coalición, o en lo que se haya convertido.
¡Ah, el libreto!
Oigan, oigan, que todo está bien. ¡Arriba el ánimo, festejemos! Si quieren hablar de puestos de trabajo tomemos un período de catorce años, así la cuenta nos da a favor; pero si desean saber acerca de la seguridad, entonces tomemos un período de doce meses, así la cuenta nos volverá a dar rédito. ¿O qué? ¿Somos idiotas? ¿Vamos a criticar porque se equivoca en algunas cifras…? ¡Pero por la memoria de Jorge Batlle, para algo sirve los sofismas…! Y la ignorancia no es deshonestidad
¿Quién osaría no celebrar?
A ver… sí, quedan cosas por hacer. Caramba, no apuren caballo delgado en una cuesta; todo arrastra su tiempo. ¿Milagros? Ni por obra y gracia de la santa y omnipresente masonería.
Versos, esplendor lumínico, sonrisas ladeadas y alguna que otra chicaneada como para entusiasmar. ¡Aplausos, aplausos! ¡Qué carajo importa que un presidente haga stand up de cuarta para su nutrida pajarera, aduciendo que “le está rindiendo cuentas a la ciudadanía”!
Lindo país, lector, lindo país. “Salga a la calle y verá las máscaras de balde”.
Me acuerdo, otra vez, del final del cuento “El rey de la feria”, de Manuel Vicent:
-¡El truco ha funcionado!
-Gracias, gracias…
-Ha sido un éxito, créalo.
Un humorista rosarino al que he recurrido en exceso y que en este final de texto se hace indispensable, lo definiría así:
-La mentira tiene patas cortas y nariz larga. La mentira es una comadreja.
Por supuesto, hubo críticas de los tercos opositores; tan anémicas que dieron lástima e hicieron pensar en el Sistema Nacional de Cuidados. Oh, oh… y unos tales Salle, Manini y Heber, a quienes no les cree ni el Chapulín Colorado.
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