EL PENSADOR: La metáfora invisible

Por Antonio Pippo

Se trata de una escultura -que hace años estuvo en el llamado Edificio Libertad- del artista maragato Hugo Nantes, en un estilo caricaturesco muy disfrutable y de alta calidad. Se trata de “Los jugadores de truco”; muchos ciudadanos la conocen, algunos, quizás, aún no, así como gran cantidad de turistas que, con una simple solicitud, la visitan en el interior. La observan admirados, la tocan, caminan alrededor de ella y casi todos se sacan fotos sentados a la única silla vacía de la escultura. Es que Nantes representó sólo a tres de los cuatro jugadores necesarios.

¿La hizo así a pedido de algún gobernante que pensó, precisamente, en el atractivo turístico además del artístico? ¿Fue una las sutiles ironías a las que Hugo solía apelar en su obra?

No. Yo fui amigo de Nantes desde mi adolescencia y lo sigo queriendo después de su muerte. Tenía una personalidad a contramano de la soberbia, de trampas estilísticas para sorprender, de formas elaboradas para la admiración ajena. Claro, si se piensa en sus pinturas, las sensaciones son otras, más directas, más dirigidas a la emoción de los otros. Sin embargo, es verdad que en la escultura dejara fluir a ciertos rasgos de su personalidad poco comunes. Jamás le gustó la fama, jamás buscó exhibicionismos de tipo alguno, fue lo menos diplomático que a uno se le pueda ocurrir, parecía más un camionero de buen talante que un artista, se vestía informalmente y huía de las reuniones de élite. Recuerdo verlo en San José, caminando porque sí o dirigiéndose a determinados sitios -una oficina pública, un almacén, la casa de un amigo- luciendo una larga bata blanca por completo manchada de colores.

¿Y la silla vacía?

Puede no creerme, lector. Pero la verdad es que el otro día pasé por allí -no lo hacía desde hace años, creo- y me detuve. Entonces, observando detenidamente algo que conozco desde su nacimiento, cruzó mi mente una idea audaz, sí, pero…

Sé que estos tiempos políticos influyen. Sé que esta obra tiene largos años de elaborada. No obstante, por primera vez en mi vida, tal vez porque se trata de alguien que me apreció y ayudó mucho y a quien le gustaba jugarme bromas, siempre para dejarme pensando, ahora ronda y sacude mi sensibilidad la hipótesis de una metáfora muy sutil de Hugo que no ha sido entendida sino por él mismo.

La metáfora invisible de su querido país: siempre falta uno para completar la celebración de la partida. Los que se sientan lo hacen por un pasatiempo. Es como decir que a la política nacional siempre le falta algo, o algunos, para parar la progresiva degradación que viene exhibiendo y que se agrava.

Es igual a decir que todavía, pese a todo lo ocurrido, los políticos uruguayos carecen del respeto, la honestidad intelectual y el deseo de contribuir y no pelear, para sentarse a la mesa y dialogar con el único objetivo de lograr acuerdos de Estado o al menos consensos que vayan construyendo otras expectativas para el futuro.

No pude resistirme a esta reflexión, que, es probable, a muchos le suene a locura de viejo, por decirlo en lenguaje académico.

Pero por estos días he decidido seguir observando esa partida de truco con jugadores incompletos, con esa maldita silla vacía, juzgándola como una espléndida metáfora, recién advertida por mi -y me avergüenza particularmente por mi amigo y sus perennes mensajes en cuadros y esculturas, tan inteligente, tan tierno, tan loco lindo- y declarar, eso sí, que me suena a milagro haber desplegado este sentimiento, esta emoción, todavía vivo y coleando.


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