La aventura del tango: Las Voces del Tango   

ANTONIO PIPPO PEDRAGOSA. Periodista, Editorialista. Director Gral. de Cultura Tanguera COLUMNISTA

-A la hora de las comparaciones sólo me detengo ante Gardel.

Lo escribió el musicólogo uruguayo Ariel Martínez, aludiendo a Edmundo Rivero, en el conmovedor obituario que le dedicó en “Brecha”, en 1986, y que tituló –aludiendo a una estrofa de “El último organito”, gran creación de “El feo”- “Con un caballo flaco”.

Como todo en arte es subjetivo, habrá quienes compartan ese juicio y quienes no, ya que, al final, por más dominio técnico y conocimientos que se tengan, todo concluye en un gusto personal, en una especial emoción que alguien nos despierta. Claro, hay ciertos cantantes bendecidos, más que otros, por una suerte de cariño popular de mayor amplitud y entusiasmo: el propio Rivero, Roberto Goyeneche, Alberto Marino, Floreal Ruiz, los uruguayos Julio Sosa, Carlos Roldán, Carlos Olmedo y Enrique Campos, Raúl Berón, Alberto Echagüe, Alberto Morán, Alfredo Belushi, Francisco Fiorentino, Jorge Vidal, Raúl Iriarte, Roberto Rufino, Alberto Podestá, Jorge Valdez, Oscar Ferrari, Ángel Vargas, Héctor Mauré, Alberto Castillo y Ruben Juárez, entre tantísimos más.

Pero quizás haya que hacer entre ellos, por el consenso que despertaron, un par de claras distinciones. Goyeneche, por ejemplo; Astor Piazzolla escribió acerca de él: “Dice Ezra Pound respecto de la poesía que en la historia de cada lengua existen varios poetas notables, grandes, pero sólo unos pocos pueden ser llamados fundadores. Son los que descubren una manera inédita que se establece un día para siempre. En la más modesta biografía del tango, a Goyeneche le viene bien el adjetivo de fundador. El creó una manera, un acento, un estilo de cantar como si inventara cada tango o, lo que es lo mismo, como si cada tango lo inventara a él”. Horacio Salas definió a Julio Sosa así: “Exhumó viejos tangos de los veinte, se atrevió a cantar las melodías de Gardel y dosificó sus entregas con algunas creaciones de la generación del cuarenta. Adecuó la temática a la melancolía, al concepto de honor y virilidad de los antiguos hombres del suburbio; en ese sentido, “El varón del tango” fue el último cantor al viejo estilo”. Y no hay que olvidar que el inmenso Aníbal Troilo, al escuchar por primera vez a Ruben Juárez, le pidió ser su padrino artístico, distinguida preferencia que –más allá de nunca haberlo incorporado a su orquesta y no por falta de calidad- son pocos quienes la conocieron.

Los mencionados han sido parte fundamental del tronco del tango cantado. Y, probablemente, pertenecen al grupo selecto de los que más recuerda la gente. Pero antes, casi contemporáneos en algunos casos, hubo otros a quienes el paso del tiempo tal vez ha diluido en la memoria popular: Agustín Magaldi, Ignacio Corsini, Alberto Gómez, Agustín Irusta, Teófilo Ibáñez, Hugo del Carril y Carlos Dante, por mencionar unos pocos relevantes. Y hay tres que justifican un comentario aparte: Oscar Alonso –de quien, al escucharlo por primera vez, con apenas diecisiete años, Gardel dijo, sorprendido, “este pibe va a ser mi sucesor”-; Antonio Rodríguez Lesende, nacido en Vigo, España y traído niño a la Argentina, estribillista y luego cantor, heredero de la escuela gardeliana: a los quince años fue el primer tenor del “Orfeón Español” y es considerado “un maestro de cantores” perdido en las brumas de los años; y Carlos José Pérez de la Riestra (Charlo), al que todos los entendidos consideraron “técnicamente perfecto” y que se apoyaba mucho en sus generosos conocimientos musicales: una anécdota ocurrida en Canal 5, en Montevideo, lo pinta de cuerpo entero; invitado especial, ya veterano, allá por mediados de la década de 1960, cantó dos temas acompañándose al piano; por la insistencia del público aceptó hacer un tercero, pero instrumental; cuanto lo tocó, hubo sorpresa y disfrute mezclados; ¡era una obra clásica!; tras los aplausos el conductor le preguntó a qué gran autor pertenecía aquella belleza; él contestó: “A mí. Compuse esto para el examen final cuando me recibí de profesor de piano, a los dieciséis años”.

Al paso del tiempo el canto masculino de tango ha ido mutando a la búsqueda de nuevos estilos; es inevitable. Como ejemplos, extraídos de una lista mucho más extensa, cabe recordar a nuestro malogrado Gustavo Nocetti, a Guillermo Fernández, a Luis Filipelli, a Ariel Ardit, al Chino Laborde y a Adrián Guida, el veinteañero cantor de Pugliese que también falleció cuando recién comenzaba su plenitud.


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