La aventura del tango: Un violinista desde París

ANTONIO PIPPO PEDRAGOSA. Periodista, Escritor, Editorialista. Director Gral. Cultura Tanguera, Columnista

Quien dejó este emotivo recuerdo fue Osvaldo Pugliese, en un reportaje que, a sus 80 años, le hizo el periodista Jorge Gottling. Y “Alfredito” era nada menos que Alfredo Julio Floro Gobbi –quien pasaría a la historia como “el violín romántico del tango”-, hijo de uno de los pioneros de la conquista de Europa por el tango, Alfredo Eusebio Gobbi, sanducero de origen, y la cantante chilena Flora Rodríguez.

Una precocidad incontenible y admirable.

En 1929 cambió transitoriamente el violín por el piano para tocar solo en el prestigioso café Metropol. Y no se detuvo: en una primera etapa pasó por las orquestas de Juan Maglio, Roberto Firpo, Manuel Buzón, Anselmo Aieta y Antonio Rodio, así como en el histórico sexteto creado por otros dos de sus mejores amigos: Elvino Vardaro y Osvaldo Pugliese. También formó un sexteto de sutil sonido aunque breve vida junto a Aníbal Troilo y regresó a las orquestas, ya como primer violín: Pedro Láurenz, Joaquín Do Reyes y aquí, en Montevideo, Pintín Castellanos. En 1942 formó su primera orquesta, para debutar en el cabaré Sans Souci, con Juan Olivero Pro (piano), Darlindo Casaux , Mario Demarco, Ernesto Rodríguez y el oriental Toto D’Amario (bandoneones), José Fantín (contrabajo), Bernardo Herminio y  Antonio Blanco (violines) y los cantores Julio Lucero (luego conocido como Osvaldo Ribó), Walter Cabral y Pablo Lozano. Su primera grabación se produjo en 1947 con La viruta, de Vicente Greco y el vals La entrerriana, de su padre. Después aparecieron Fraternal, de Ismael Spitalnik, Si sos brujo, de Emilio Balcarce y Entrador, de Mario Demarco.

Siempre admitió influencias de Carlos di Sarli y, especialmente, de su admirado Julio De Caro, aunque él –calificado, junto a Vardaro, como uno de los mejores violinistas de la historia del tango- poseyó un misterioso swing que parecía heredado de los negros del jazz de principios del siglo XX. Fue un estilista excepcional, quien, junto a Orlando Goñi, impuso lo que los entendidos denominaron, técnicamente, “la marcación bordoneada”.

Compuso los tangos Desvelo, Mi paloma, De punta y hacha, Cavilando, El andariego (en homenaje a su padre) y El último bohemio (dedicado a Aníbal Troilo), y le fueron dedicadas tres obras memorables: Milonguero triste (Aníbal Troilo), El enggobiado (Eduardo Rovira) y Retrato de Alfredo Gobbi (Astor Piazzolla).

-Se murió joven –dijo Pugliese-. Le hablé, le hablé… Pero se me fue… Lo tragó el fantasma de la noche.


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