La aventura del tango: El Bulin del Pucherete

Antonio Pippo Pedragosa Columnista

A diferencia de otros tangos que ubican su historia en sitios específicos, muy bien descritos, aun imaginarios, apelando a una ficción admirable, El bulín de la calle Ayacucho existió tal cual lo pinta su letrista, Celedonio Flores, a quien llegaron a llamar “Martín Fierro del asfalto”. El dueño del bulín, que lo prestó al poeta, era el editor Julio Korn.

Según León Benarós, que no lo frecuentó, basta el testimonio de uno de los creadores, junto a su hermano Julio, de la música, el bandoneonista José Servidio: –Era una piecita en la que ni los ratones fallaban. Íbamos los viernes y eran infaltables Juan Fulginiti, los cantores Sola, Ciacia, Nunziatta, Paganini y Martino, que fue el primero en hacer un dúo con Gardel. El alma mater siempre fue Celedonio, con sus anécdotas. El flaco Sola, por ejemplo, hablaba poco y se chupaba toda la caña que había. Y Ciacia cocinaba el pucherete habitual, para lo que había una sartén y una “morochita”, como llamábamos a una ollita gastada. Había mate, charla, canto y timba. Y… nos habremos reunido unos tres años; en 1921, cuando el Negro Cele se puso se novio, se acabó.

Cuando Flores escribió estos versos tenía veintisiete años y corría 1923. Ya era conocido; había compuesto Margot y Mano a mano y se los grabó Gardel. Lo que nunca imaginó fueron las historias inesperadas que se desparramaron luego del nacimiento de El bulín de la calle Ayacucho.

En una nota que escribió Roberto Selles en el semanario Crónica, planta la duda acerca de la autoría de la música. Admite como verdad que Celedonio era amigo desde la niñez de los hermanos Servidio, y que en la juventud compartió noches de copas y actuaciones con ellos en cuanto café o cabaré llegaran a conocer; pero Selles cuenta, según él textual, el testimonio que obtuvo de otro músico, Arturo Bernardo, que no tiene desperdicio: –La letra se la hizo para que mi hermana Paquita – la primera mujer directora de orquesta en la historia del tango, que murió a los veinticinco años- pero ella, ya enferma, no llegó a musicalizarla. Entonces Flores le entregó su poema al pianista José Martínez, también amigo suyo, quien fue el verdadero autor.

Con esta versión coincide el historiador Luis Adolfo Sierra, que la explica “como uno de tantos asuntos de esa época”: –Martínez andaba bien de dinero y de trabajo y se le ocurrió la idea, con el acuerdo de Celedonio, de regalar la partitura a los Servidio. Era cosa común en esos años.

Luego vino el tema del registro, buscando cobrar los derechos de las grabaciones. La primera edición la hizo un maestro de escuela de apellido Lamy, que había creado una imprenta para partituras. Y casi simultáneamente, en un bar cuyo nombre se perdió en el olvido, el dúo Mandarino-Todarelli, con el guitarrista Humberto Canataro, estrenaron la obra.

No lograron cobrar un peso. El dinero comenzó a entrar a partir de las dos sucesivas grabaciones que hizo Gardel: una registrada en Odeón de Barcelona, con el guitarrista José Ricardo, y otra en Buenos Aires, para el mismo sello, con Ricardo y Guillermo Barbieri.

El éxito de El Mago hizo que muchos otros artistas llevaran al disco –rueda que gira y gira hasta hoy- El bulín de la calle Ayacucho: entre tantos, Francisco Lomuto –solo instrumental-, Aníbal Troilo en dos ocasiones, con Fiorentino la primera y luego con Goyeneche, José Basso con El Polaco, Tito Reyes como solista y Edmundo Rivero, que hizo una versión memorable.

La última historia que merece ser contada involucra precisamente a Rivero. Su hija menor, con apenas cuatro años y acompañada por su padre con la guitarra, grabó de modo casero el tango de Flores. Siguió cantando, pero su final fue muy triste: era tal la unión afectiva con Rivero, que, siendo ya una mujer adulta, al morir su progenitor no soportó el impacto emotivo y se suicidó. 

El bulín de la calle Ayacucho es posible que haya sido el tango que más sufrió –afectando al poeta al punto de decidir no escribir más- la censura de la dictadura argentina de 1943. Basta la comparación de una estrofa para entenderlo:

El bulín de la calle Ayacucho/ que en mis tiempos de rana alquilaba,/ el bulín que la barra buscaba/ pa’ caer por la noche a timbear… (versión original).

Mi cuartito feliz y coqueto/ que en la calle Ayacucho alquilaba,/ mi cuartito feliz que albergaba/ un romance sincero de amor… (versión de la censura).     

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