LA AVENTURA DEL TANGO: EL PRIMERO, EL INVENTOR

ANTONIO PIPPO PEDRAGOSA Columnista

Ni siquiera nació en cualquiera de las dos capitales honoríficas del tango en el Río de la Plata, sino en Paraná, Entre Ríos, aunque todavía niño fue a vivir con su familia al barrio porteño de Palermo. Murió a los veintinueve años y nunca escribió un tango.

Se sintió anarquista, luego se hizo masón y escribió en revistas como La Protesta, Papel y Tinta y Caras y Caretas. Publicó un solo libro de poemas –Misas herejes– y, póstumamente, merced a sus amigos, la recopilación La canción del barrio. Frecuentó tertulias de café, caso de “Los Inmortales”, junto a intelectuales como Lugones, Ingenieros, Banchs y nuestro Florencio Sánchez. Admiró a Rubén Darío y a Pedro Bonifacio Palacios, Almafuerte, aunque jamás negó la influencia en su poesía del simbolismo francés.

Evaristo Carriego

Y sin embargo, esa obra tan fugaz de Evaristo Carriego –nacido en 1883 y fallecido en 1912 -a quien se consideró, también, precursor de Baldomero Fernández Moreno, siempre aludió a la masa de elementos esenciales a las letras de tango: el pasado perdido, el barrio, madres y novias, guapos y compadritos, sueños marchitos y amores tristes.

Jorge Luis Borges –quien, apenas adolescente, lo conoció en casa de su padre, de quien Carriego fue amigo por breve tiempo debido a su temprana muerte-  no sólo escribió en 1930 su primer ensayo precisamente sobre él, sino que lo definió de este modo terminante:

Carriego creó las bases del mito del suburbio. Y la poesía del tango antiguo le debe todo. Fue el primer espectador de nuestros barrios pobres y creo que para la historia de nuestra poesía eso importa. El primero, es decir el descubridor, el inventor.

Para entender la condición fundacional de las letras del tango de la Guardia Vieja y más allá, pues su sombra abarcó a poetas prolíficos como Manzi y Cadícamo, basta recorrer ciertos tramos de versos de Carriego:

En la calle la buena gente derrocha/ sus guarangos decires más lisonjeros,/ porque al compás de un tango, La Morocha,/ lucen ágiles cortes dos orilleros (…) Y luego de un vals te irás/ como una tristeza que cruza la calle desierta,/ y habrá quien se quede mirando la luna/ desde alguna puerta… Anoche, después que te fuiste/ cuando todo el barrio volvía al sosiego/ -qué triste- lloraban los ojos del ciego (…) Compadre, si no le he escrito/ es porque estoy reventao./ Ando con un entripao que, de continuar, palpito/ que he de seguir derechito/ camino de Triunvirato (…) ¡De todo te olvidas¡ Anoche dejaste/ aquí sobre el piano que ya jamás tocas,/ un poco de tu alma de muchacha enferma:/ un libro, vedado, de tiernas memorias…/ Ven, llévate el libro, distraída llena/ de luz y de ensueño./ Romántica loca…/¡Dejar tus memorias, ahí, sobre el piano…! De todo te olvidas, cabeza de novia

Hay otra forma de medir cuánto abrevaron los letristas de tango en Carriego, ya apropiándose de sus temas, ya partiendo de frases aisladas al borde del plagio, ya simplemente nombrándolo: una lista, muy parcial, aclaro, de temas de la música popular lo prueba con sólo repasar sus versos: Viejo ciego (Manzi), La que nunca tuvo novio (Pesce), Organito de la tarde (González Castillo), Cotorrita de la suerte (De Grandis), Levanta la frente (Nápoli), Caminito (Coria Peñaloza), Por seguidora y por fiel (Brignolo), Griseta y Milonguita (Delfino), Bien bohemio (Sara Reiner), La que murió en París (Maciel), Caserón de tejas (Cátulo Castillo) y La novia ausente, La casita de mis viejos y De todo te olvidas (Cadícamo).

Y esto sin olvidar dos temas grabados alrededor de 1910 por el dúo Gardel-Razzano –con la curiosidad de que El Mago, que no lo conoció, admiraba a Carriego en esa época-: Quién tuviera dieciocho años y Trovas. Además de que Eduardo Rovira, uno de los revolucionarios del tango clásico, le dedicara un  instrumental impresionante, A Evaristo Carriego, del que circula aún un video con la interpretación de la orquesta de Osvaldo Pugliese y el Quinteto de Astor Piazzolla, juntos, actuando el 26 de junio de 1989 en un teatro de Holanda.

Pero no hay que sorprenderse. La poesía de Carriego, hasta la nunca publicada, recorrió los cafés y los suburbios de Buenos Aires y caló muy profundo en el sentimiento de aquellos que querían darle a las letras de la música ciudadana un vuelo más melancólico y simbólico que el apenas rozado por el mítico primer tango canción, Mi noche triste, de Pascual Contursi.

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