Por Antonio Pippo
Anoche dormí sobresaltado por un sueño perturbador.
Cada vez eran más los ciudadanos que descreían de la palabra de los políticos más solicitados por la prensa, lo que los llevaba a un intento de descripción crítica de sus rostros para sacar alguna conclusión.
En el sueño yo era uno de esos ciudadanos y daré cuenta –no es sencillo acordarse de las boludeces que de tanto en tanto uno sueña- de cuáles imágenes me quedaron más impregnadas.
Orsi tenía la cara cada vez más flaca, consecuencia de una de dos cosas: primera, los nervios de la campaña, que hacen que hubiera vivido a hamburguesas de carrito a deshoras; segunda, exageración de viajes y encuestros destartalados, sacados a tirabuzón de la vasija del ridículo, con insinuaciones -¡no queridas, obvio!- de masturbación al paso, junto al Pacha Sández. Es decir, esos rostros se parecían cada día más a una careta.
Lacalle Pou mantenía la sonrisa y el cuello estirado como avestruz de los jóvenes que planean sobre tablas las olas “ciberbacterianas” de nuestras playas; eso sí, sin cantar “sucundún, sucundún”, por eventuales reclamos de derechos de autor. Se advertía que le sigue dando trabajo el jopo, ya amenazado por una tonsura medio ladeada. Me pareció una de esas caras de papá modelo, confiable, pero que pierde los estribos y derrapa cuando el Oso Teddy no viene por las noches a dormir con él.
Delgado exhibía una cara pagana, en la acepción de “religión de los gentiles”. Era, por momentos, un rostro extático, lo que llevaría a conjeturar que el cerebro que habita encima funciona a los pedos pero se entrevera –tal cual si no entrara bien el embrague- dejando la impresión a quienes lo observan de que, sobre todo después de hablar un rato, esa cara es la de un hombre al que echaron a patadas del Renacimiento.
A Manini Ríos creo haberle soñado, mirándolo de frente, como lo más parecido al actor Bill Murray actuando en “Perdidos en Tokyo”, aunque mucho más tristón, claro, porque en lugar de Scarlett Johansson tiene al lado a un par de gordos nostálgicos. No puedo negar que en el sueño, esa cara me pareció la de alguien que estaba del lado equivocado, tal vez desde que terminó la Segunda Guerra Mundial.
Mieres me dejó la impresión de un pastor evangelista, bondadoso y sereno, pero que confesaba, con una mirada entre escéptica y apagada, que, en realidad, no cree ni en sí mismo aunque siga dispuesto al sacrificio de buscar fieles, tengan la historia que tengan, en los sitios más insólitos. Ese rostro, recordado al despertar, no me dejó dudas acerca de algo de su portador: su espíritu de sacrificio y la simpatía por las macanas.
Pereyra fue una de las partes más confusas del sueño. Aparecían cebollas, redondas y brillosas, lechugas frescas, tomates perita, fruta del tipo y gusto que cualquiera quisiese imaginar y cajones, muchos cajones. Ocurría un momento en que todo eso se mezclaba en una enorme y bullanguera feria, donde la voz del candidato se iba perdiendo, perdiendo, mientras crecían los gritos, con un estilo entre gallego y napolitano sobre calidad de productos y precios… ¡con un airecillo a mentirillas!
Y después…
A Amado no pude descifrarle la cara. Debe ser buen jugador de truco. O de póker.
¿Cosse?… No estoy seguro ahora de haber soñado esa cara. Viene bien para que, al fin, yo reciba alguna censura. Creo que me hacen falta fotos. Pero ya de grande; nada de soplando velitas a sus quince años.
¿Salle? Bueno, Salle tenía cara de Salle. Caso único (alguno tenía que haber).
Aquí me desperté.
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