
Casi hay que pellizcarse para creerse la noticia. Que el Consejo de Ministros a propuesta de la Ministra de Educación Milagros Tolón haya aprobado la concesión de su condecoración más preciada, la Gran Cruz de Alfonso X el Sabio a dos artistas de etnia gitana, el guitarrista flamenco José Antonio Carmona Carmona, Pepe Habichuela y a María Dolores González Flores, Lolita Flores lo que, marca un antes y un después en la historia ´del pueblo romaní en España, donde aún quedan residuos y no pocos del racismo ancestral que durante siglos ha sufrido esta etnia. Más que un premio a dos artistas mundialmente reconocidos, la Gran Cruz es un reconocimiento del pueblo gitano.
Dicho esto con todos los merecimientos de dos iconos actuales del arte más genuinamente español, el flamenco. En el caso de Lolita, aunque lo ejerza poco o no lo ejerza, su alma, -dicho por ella misma- es gitana y flamenca por los cuatro costados.
Es como salir definitivamente de de la caverna para situarse en la cumbre de la montaña. Salir de la caverna oscura poblada por las sombras de la pobreza, el analfabetismo, la degradación, la burla y el desprecio y llegar a la cumbre del bienestar, la cultura el reconocimiento, el respeto y el aprecio. O la historia del pueblo gitano en España. Del nomadismo oculto y perseguido a la Gran Cruz de la Orden Civil de Alfonso X el Sabio. Un sueño alcanzado por dos de los personajes más icónicos de la realidad social española actual.
Que Granada y Jerez de la Frontera sean sus orígenes es otro reconocimiento al arte flamenco. Pepe Habichuela, ochenta y dos años, de una saga que se remonta a hace dos siglos, desde aquel Tío Habichuela, Habichuela el Viejo, José Carmona Habichuela y nuestro Pepe Habichuela, todos ellos gitanos del Albaicín; Pepe Habichuela, tocaor desde niño en las Cuevas del Sacromonte, menuda conjunción, Albaicín y Sacromonte, tantas veces unidos en el arte más genuinamente español, por siempre unidos en la historia gitana en España.
Lolita Flores madrileña con orígenes en la calle del Sol del Barrio de la Plazuela de Jerez, hija de de un mito, la inclasificable Lola Flores y del considerado padre de la rumba catalana, Antonio González el Pescaílla. La gran Lola, la Faraona, criada entre flamenco en uno de los barrios más flamencos de España y el timtineo de los vasos y botellas de los bares de su padre en la calle del Sol de Jerez. Luego Sevilla, siempre entre carencias, ruido y furia. Hasta que la tempestad de su carácter único arrasó con todo y las olas la llevaron a la cúspide de la fama. Lola, Lazo de Dama de la Orden de Isabel la Católica en 1962, rompiendo cualquier molde.
Lolita es hija de la calma, con infancia y vida privilegiadas, lejos de subidas y bajadas torrenciales. Heredera de arte por los cuatro costados triunfó como actriz, con aquella Colometa de “La Plaza del Diamante”, tan lejana de su cotidianeidad. Cine, teatro, televisión, siempre en los medios, en la notoriedad, en la fama. Nació famosa y se ha mantenido famosa por méritos propios.
Ahora cuando recibe la Gran Cruz de Alfonso X el Sabio y un poco antes, en 2017 la Medalla de Oro al Mérito de las Bellas Artes, Lolita Flores se convierte en el cine en una matriarca de la droga en un poblado chabolista, otra interpretación extrema de inminente estreno, “Mallorca confidencial”. Se muestra orgullosa de un papel de delincuente por falta de opciones a otra cosa, delincuente para criar a sus hijos, delincuente en una sociedad que margina a los ya marginados, mujer, gitana, pobre y madre. La otra cara de la moneda de su realidad, delincuencia forzosa versus el honor de una de las mayores condecoraciones españolas, o el problema gitano no ha dejado de existir.

Pepe Habichuela es un hijo de la marginación superada gracias a un don extraordinario para la guitarra de tradición flamenca, a la constancia en el trabajo, a su mujer la bailaora Aurora Bengala, a sus sabias decisiones, a su carisma, a saber rodearse de amigos, a dar y recibir. A saber que el futuro le esperaba en Madrid, a aquel periodo dorado en Torres Bermejas, con Paco de Lucía, Camarón y sobre todo con Enrique Morente, que como él dice, puso la guitarra al nivel del cante. A aquellas noches hasta la madrugá en el mítico Candela. A su estancia de un año en Japón en 1967, que “para mí fue como una condena”. Regresó sin saber señalar a la isla nipona en un mapa, solo que era un tablao en otro mundo, pero con dinero para comprarse una casa y dejando semilla flamenca en el Sol Naciente.
Se prefiere como guitarrista de acompañamiento, pero es un gran solista de la guitarra. Tiene mundo adquirido en el mundo, aportaciones del flamenco a otras músicas, al jazz de Dave Holland, Don Cherry, Nithin Sawhney y sus Bollywood Strings, música hindú y pop contemporáneo, a la música hindú con Anouska Shankar, a la conexión flamenco jazz afrocubano con Arturo O’Farrill, a la fusión con Ketama, a la constante vinculación con su hijo Josemi…
Parece no haber límites para esta habichuela de cuerpo enjuto y sonrisa universal, maestro de maestros.
Ahora la Gran Cruz de Alfonso X el Sabio. En 2018 la Medalla de Oro al Mérito en las Bellas Artes, otorgada por el Ministerio de Cultura por su trayectoria de más de sesenta años en el flamenco.

Premios a la humildad, constancia y amor al flamenco.
Descubre más desde LA AGENCIA MUNDIAL DE PRENSA
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

