LA AVENTURA DEL TANGO: Aquella otra época

ANTONIO PIPPO PEDRAGOSA. Periodista, editorialista. Dir. Gral de Cultura Tanguera. COLUMNISTA

-La tarea del gaucho, a partir de 1810, había sido la guerra: de la emancipación nacional, de la organización, del Paraguay. Cuando las guerras concluyeron, los hijos de los gauchos ya no fueron “gauchitos”, sino compadritos.

De esta pintoresca forma define José Gobello la aparición de un personaje que, luego que el aporte del criollismo y de la inmigración europea dio forma definida a aquel alegre baile a tambor que los negros llamaron tango o “tangó” a mediados del siglo XVIII, será un personaje central en el origen formal –aún desde la marginalidad- de la música que por dos siglos sería la más popular del Río de la Plata.

No sólo eso.

El compadrito –o malevo, o guapo cuchillero, como se le conoció tanto en Montevideo como en Buenos Aires- fue, antes que otra cosa, un matarife, un carrero, un cuarteador y, de acuerdo a su perfil, “fuerza de choque” de políticos. Pero luego, quizás por una vida que iba cambiando rápido, reavivó los viejos duelos a cuchillo entre gauchos, ganó fama de prepotente, pendenciero, buen bailarín y hasta proxeneta, y la “gente bien” lo llegó a conocer, en realidad, por sainetes de autores como Carlos Pacheco y Alberto Vacarezza y escritores como Esteban Echeverría más que por verlo directamente, y terminó forjando una personalidad que influyó en las letras del tango al paso de los años.

Y en la poesía que miraba al barrio.

El entrañable Evaristo Carriego, que tanto influyó en Manzi, Cátulo Castillo y José María Contursi, es responsable de este verso tal vez extraño a su estilo:

Como chillaron las hembras y ajetrearon los guapos,/ mientras saltaba a los fondos en su fuga el asesino./ Cómo escarmentó más de uno en la pobre carne ajena/ pero al pasar el mareo del tango –que no de vino-,/ aprobaron los matones sin respetar los harapos de la muerte,/ el rudo gesto que clausuró la verbena.

Volviendo a las letras de tango, hay múltiples referencias al compadrito y sus peripecias en varias: El choclo, Bailarín compadrito, De puro guapo, El ciruja, Mandria, Allá en el bajo, Farolito viejo, El último guapo y tantísimas más.

No obstante, es posible que ninguna represente mejor la idea del personaje y su tiempo que Duelo criollo, música de José Rezzano y versos de Lito Bayardo: –Cuenta que fue la piba del arrabal,/ la flor del barrio aquel que amaba a un payador;/ sólo para ella cantó el amor/ al pie de su ventanal;/ pero otro amor por aquella mujer/ nació en el corazón del taura más mentao,/ que un farol en duelo criollo vio,/ bajo su débil luz, morir a los dos.

Hay, sobre Duelo criollo, dos curiosidades.

Fue creado para un concurso organizado por la discográfica “Nacional”; no ganó y la obra premiada, Piedad, fue grabada por Canaro con la voz de Charlo. Rezzano y Bayardo habían tomado el título de una propaganda de una ferretería que vendía cuchillos y los presentaba cruzados, como en pelea.

Poca imaginación, pues a esa altura –año 1928- ya se habían hecho famosas las andanzas de compadritos como, por ejemplo, “Hormiga Negra”, “El Noi”, Pastor Luna, Juan Muraña, Nicolás Paredes y Tristán Cabrera.

“Hormiga Negra” fue tropero y peón de estancia que devino fiero compadrito, guarda espaldas y dos de la muestra en los prostíbulos. Dice la leyenda que cierta vez uno de sus patrones fue robado y él salió a caballo en busca de los ladrones. Los alcanzó y, sin usar cuchillo sino una lanza, mató a tres. Al enterarse, al patrón le pareció exagerado: “¡Pero cómo! ¡Los lanceaste a los tres…!”. Y “Hormiga Negra” bajó la cabeza: “Perdón, patroncito… ¡Se me fue la mano!”.

Un último aporte descriptivo: el compadrito, a medida que dejaba el campo y ganaba los suburbios, allende el río cambiaba su vestimenta: ropa y sombrero negros, saco recto, pantalón ajustado y zapatos de taco alto para el baile; en Montevideo predominaban el saco cruzado y los zapatos comunes, aunque lustrosos.

Pintura de época, claro, que pese a sus aspectos caricaturescos interesó a intelectuales como Jorge Luis Borges. Por eso es irresistible tentación cerrar con el final de su poema “Los compadritos muertos”:

Cuando el último sol es amarillo/ en la frontera de los arrabales,/ vuelven a su crepúsculo, fatales/ y muertos, a su puta y su cuchillo./ Perduran en apócrifas historias,/ en un modo de andar, en el rasguido/ de una cuerda,/ en un rostro, en un silbido,/ en pobres cosas y oscuras glorias./ En el íntimo patio de la parra/ cuando un tango embravece la guitarra.


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