EL PENSADOR: Que poco duran algunas cosas

Por Antonio Pippo

¿Sorprendido?

Mire, pasa que durante los recientes días, al ser un simple espectador de circunstancias que regala la parodia política que estamos viviendo, se me ocurrió reescribir, apelando a actores nacionales, claro, “El día de la independencia” y “Lo que perdimos en el camino”.

En el primero de esos filmes, quizás –y sin quizás- el que la mayoría de cinéfilos recuerda con claridad, todo, o casi todo, estalla, revienta. Por momentos parece que nada quedará en pie y volará por los aires. También personas. Hay explosiones a granel, de una espectacularidad conmovedora y el planeta parece ir a la extinción.

Lo aclaro de entrada: con los recursos a mi alcance, el libreto que pergeñé no pasa de un videoclip y da al escenario gigantesco original una inevitable pequeñez, una modestia de neorrealismo italiano tipo Rossellini, blanco y negro lloroso.

Supongo que no le importa, mi amigo. A usted ya le ganó la intriga.

Y, mire… yo hablo de una agrupación política donde la vida y las cosas, como en el mundo en “El día de la independencia” hasta que es atacado, transcurrían sobre rieles. O poco menos. Hablo del fallecido Partido de la Gente, que fue una pintoresca tribu liderada por el pelado Novick, que hoy anda con la mirada perdida, recorriendo a tropezones restos que parecen de cajones de frutas y verduras –¿el shopping todavía no se lo voltearon?- a ver si halla a ciertas personas en las que había cimentado sus aspiraciones electorales y que huyeron de su lado, cual si fuese una bacteria intrahospitalaria y, montados al tren bala japonés, a la búsqueda de salvación en trincheras mejor pertrechadas.

Le dejé un final abierto, aunque con aspecto desolador; jamás hubiera pensado en un fin heroico, donde todo vuelve a su lugar; es que no soy idiota. Y final abierto, en realidad, porque me ha ganado la convicción de que el estallido afectará otras facciones que andan por ahí, enfervorizadas en el esfuerzo del rejunte.

“Lo que perdimos en el camino” es una película que vi en el cable y que creo no tuvo aquí exhibición comercial. Es un drama con varios personajes, pero, como ya me había embalado en la creatividad, lo reduje a un solo protagonista: el hombre que no sabía, Juan Sartori; o Isidorito Cañones, según los atrevidos que inventan apelativos para que el humor, al menos, no falte.

Lo que Sartori perdió en el camino fue información. A decir verdad, toda la información imaginable si se salta al tablado político inesperadamente y se recorre el país tomando mate con los vecinos. Y, peor aún, si se accede a ir a programas donde puede toparse con periodistas astutos en el desenmascaramiento. Caramba… Hoy sigue por ahí, desorientado. Pero cuando sostenía aspiraciones no sabía cuál era el déficit fiscal, cuál el porcentaje de Rentas Generales que socorría al BPS, cuál el salario mínimo nacional… En fin, no conocía un reverendo carajo –tal vez no lo supo nunca- y hasta ahora ha pretendido resolver todo diciendo su nombre siete mil doscientas veces por día, sentenciando que hay que cambiar la política nacional y prometiendo miles de empleos, baja de impuestos, aumento de inversiones y hasta que Fénix será campeón uruguayo (aunque esto me parece que no pasó de una broma, ya que, se dice, no lo tengo comprobado, lo llamó JR y le advirtió que no se metiera con él, salvo si quería “aportar a la causa”). Un amigo de fierro me dijo que, aunque hace unos añitos, eso ocurrió.

Es justo, lector, que se pregunte ahora a santo de qué salí con esto de los libretos y de un par de viejos candidatos.

Es que siento vergüenza. Porque mirando a la comunidad política actual siento que aquella realidad regresará, personificado en… quién sabe, pero los candidatos abundan.

Y si estoy persuadido que no pasaré frío en el próximo invierno es porque ya me tapó el ridículo ajeno.

Ah, ya que estoy… Tengo que toparme con una película que me recuerde a Mieres, a Manini, a Laura Raffo y a otros cuantos.

Algo más. Yo creo que todo esto pasa porque hay ahí, a la vista, un cesto de votantes no demasiado avispados. Parecidos a aquel personaje de “La colmena”, de Cela, que al escuchar una noticia en la radio reacciona así:

-“El presidente Roosevelt llegó a la isla de Malta en un avión gigante Douglas”.

-¡Que tío! ¡Pondría una mano en el fuego porque ese aeroplano tiene hasta retrete!


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