Por Antonio Pippo
William Faulkner escribió una carta en 1958 –plagiada por Truman Capote en uno de sus libros- la cual, si se quiere de un modo indirecto, no buscado pero sutil, describe a una de las corporaciones que, hoy y aquí, como en todo el planeta (lo anoto para que no se me tilde de imbécil por no saber qué pasa), nos engulle de a poco:
“Me gustaría reencarnarme en un buitre. Uno no tiene por qué molestarse por su aspecto ni por su habilidad para seducir; no tiene que darse aires. De todas maneras, si le pudieran observar con atención, no gustaría a nadie. Hay mucho para decir sobre la libertad para hacer lo que se quiere que se obtiene a cambio”.
Sí. Esa frase pinta sin error a la política uruguaya.
¿Más claro? Cada partido, llegado al gobierno, busca una forma de comunicación sobre los ciudadanos tan, pero tan minuciosamente elaborada -aun por una minoría de políticos aparentemente considerables, intelectualmente pobres pero creíbles- que anula, a través de falacias y sofismas, la voluntad del individuo de emplear el raciocinio, el análisis lógico y, claro, el ejercicio de la libertad de pensamiento crítico.
Es una forma de dominio audaz, descarada, convencida de su impunidad al punto de pasarse por las entretelas las eventuales reacciones: muchas palabras, múltiples promesas, ardientes discursos y, siempre, la espalda a las necesidades de consensos, de acuerdos “con los otros”. Es el “nosotros lo arreglamos todo” que venimos oyendo desde hace décadas.
Bertrand Russell decía que los actos de los hombres son dañosos por ignorancia o por malos deseos. La ignorancia, en este caso, ha sido inoculada en nosotros, las personas que se busca capturar; los malos deseos pertenecen a esa política que busca sólo su beneficio: más dinero, muchísimo más dinero girando en sus sedes, de forma de obtener más poder.
Un poder real, quizás el más grande. Más que el de otras corporaciones que viven y colean con algazara como la de los fabricantes de armas, la del narcotráfico o la de los laboratorios vinculados a la medicina, que terminan como cómplices consentidos por intención o por idiotez.
Usted se preguntará, lector, si enloquecí. No. Sólo es cuestión de información, de saber la trama que nos atará de pies y manos si no ocurre un milagro. O, parafraseando a Russell, es cuestión de dejar de ser ignorantes. O fanáticos incultos de ideas viejas y fracasadas.
Ya se ha desatado una ola de las inevitables promesas sobre el equilibrio fiscal, la educación, la salud, la seguridad y, claro, las inversiones llegadas desde los más increíbles puntos del planeta. Y, del otro lado, las consabidas críticas por lo hecho y no reconocido y por culpas viejas de quienes ocupan hoy el gobierno. Una suerte de debate ensordecedor y estúpido de ambos lados.
¿Nadie busca realmente un acuerdo o consenso para facilitar la vida social?
¡Somos unos boludos!
Para ellos, si el tiempo pasa y nada cambia para bien, son “daños colaterales”; ahí no hay nada de ingenuidad. Saben que si se bajan de ese tren serían boleta de la trituradora de ciudadanos que al fin abrieron los ojos y comenzaron a alejarse del dogma, con la que no pueden dejar de convivir si quieren seguir donde están.
Yo sólo sé que mi esperanza va diluyéndose sin remedio.
Estaremos en celdas invisibles cuya llave tendrán –sentenciaría Umberto Eco- “esas pluralidades que nos enseñan a ser libres y controlados siempre por el mando de la vocinglería y ciertos favorcitos repartidos convenientemente”.
De nuevo: ¡Somos unos boludos!
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