CUENTOS Y BROMAS DE VILLORIO: EL AVE, CESARITO GAVIOTA Y DEL POLVILLO. Y EL REY JUAN CARLOS DE BORBON.

SENEN GONZÁLEZ VELEZ Escritor

CUENTAN los cuenteros, que, en el año de 1966, un domingo 18 de diciembre, ocurrió un lamentable accidente que enlutó la tauromaquia de la ciudad heroica, debido al arrojo de un valiente aventurero y tremendista diestro español de Lugo Galicia, de nombre Manuel, que se arrojó desde un paracaídas para ingresar victorioso a la serrezuela e iniciar su faena en traje de luces. La brisa lo empujo hacia el mar y se ahogó.

Y por allá entre 1990 y 1994, hablando de paracaídas, también, como venido del azul del cielo, un joven de nombre Cesarito Gaviota Polvillo, cayó de fundillo, en la dorada silla de Don Toñito Nariño. El suceso milagroso ocurrió, luego de los pregones y lamentos de un apuesto jovencito, cuyo nombre no recuerdo, que pintaba ser un gran caballero y buen galán, conquistador de mujeres, que imploraba entre lágrimas, llantos y aullidos, similares a los de un cachorro lobo, que ya mostraba los colmillos, miraba fijamente la luna, pero no para invocar las brujas, pero si a la diosa FORTUNA, que, según la mitología romana, representaba el bien o el mal, en escogencia de suerte y azar.

Pero como dice el refrán: al que le van a dar le guardan, pues a Cesarito Gaviota, le esperaba de regalo sorpresa, vivir en un ensoñador palacio. De buenas fue, porque como caído del cielo, puso sus vírgenes y juveniles posaderas, en la silla dorada de Don Toñito. A partir de ese día, comenzó a reinar.

-Nos decía el cuentero, que llegó para esa época, a Cartagena la honrosa Visita de Juan Carlos de Borbón, Rey de España, quien aterrizo en el aeropuerto, de Crespo, hoy Rafael Núñez, en su flamante avión, blanco, que tenía impreso en sus costados, la corona y los símbolos patrios de la monarquía española.

La solemnidad era bellísima, y, todo fue un maravilloso espectáculo el de aquel día. La elegancia de la comitiva, de por sí, rendía honor a la ciudad hermosa de las indias: Cartagena la heroica. Del mismo modo y con igual solemnidad, fue recibido con los honores militares navales, y los dos himnos representativos de cada patria.

EL Rey, vestía un traje de fino lino blanco, con corbata negra de puntos blancos, y con la elegancia de todo un personaje. «Juanka», como le decían por cariño los cartageneros al Rey, siempre fue y sigue siendo, muy amigo de nuestra ciudad y del país, al igual que sus acompañantes, quienes a la par, estaban impecablemente trajeados, alegres, y sonrientes. Ávidos si, por caminar la vieja ciudad de los zapatos viejos, la de Luis Carlos Lopez que con amor la llamó: “noble rincón de mis abuelos, nada como evocar cruzando callejuelas, los tiempos de la cruz y de la espada, del ahumado candil y las pajuelas. Y, aun cuando la ciudad amurallada paso la edad de folletín”, se la puso Gaviota en su reinado, ´de ayer y hoy, de postín, para traernos santificada la traición y la miseria. ( lo último es mío, no del cuentero)

Nuestras fuerzas armadas, navales, con bayoneta calada, afinados en su formación, ante toda una corte de oficiales de elegancia impecable, desde almirantes hacia abajo, y, con la mano derecha adjunta a las sienes y al quepis, en señal de respeto y saludo militar. La vista fija sin espabilar, y viendo con preocupación, a la izquierda, se rendía honores al Rey, que asomaba su rostro en el arco de la puerta del avión.

Aquel día, fue muy recordado, porque estaba especialmente iluminado por un sol radiante, con una brisa marina, entre fresca y caliente, apta, para filmar bellas escenas, y para mostrar las delicias de la ciudad turística, con sus tibias aguas saladas, y su arena de plateadas playas, adornadas por la belleza de sus hermosas mujeres. ¡Eran cuerpos de sirenas, convertidas en ciudad! Todo un espectacular escenario para recibir, a tan especiales visitas con nuestro cariñoso saludo.

El aeropuerto estaba repleto de observadores, de curiosos, que no tenían idea del espectáculo que estaba por suceder, hasta que alguien, histérico de la emoción lanzó un fuerte grito: Ahí viene Mitch, Mitch, Buchanonn y Pamela Anderson, los protagonistas de guardianes de la Bahía. Entonces la euforia se disparó enormemente, y fue tal la alegría colectiva, que hubo que recurrir a la fuerza policial, para evitar que la desbandada de admiradores, llegaran hasta la pista de aterrizaje y pudiera terminar en tragedia.

De repente, el público, los visitantes, y el rey, fueron sorprendidos por un sepulcral silencio que se produjo, como consecuencia de la aparición de uno de los personajes de los guardianes de la bahía, que venía al trote y con la lengua afuera, por toda la pista de aterrizaje.

Daba brincos de canguro, para evadir el caliente del piso de asfalto, que los rayos del sol, lo calentaron tanto, que parecía echar humo. El sujeto iba de prisa, en pantaloneta color naranja y mariposas rosadas impresa, en los laterales de su vestimenta. Tenía un suéter blanco y un sombrero aguadeño, alón, y detrás de este, corría aceleradamente, una rubia hermosa de busto enorme, de ojos azules, que se parecía a Pamela Anderson, pero no, era una camarógrafa de la TV española de proporciones parecidas a la de la actriz, bella también, que venía paso a paso, registrando la llegada del extraño personaje que trotaba por la pista alocadamente.

De Repente, un Naval, bien parecido, tal vez con el rango de capitán, lo toma del brazo y le dice: Cesarito, Cesarito, carajo, ven para acá. ¡No jodaaas tú, echeee, ¿que haces vestido asi?, ¿Cómo se te ocurre recibir al Rey Juan Carlos de Borbón, de esa manera? ¿y…lo peor, no me jodas, pasar revista a la tropa, vestido con tan ridícula pantaloneta, que parece una Baby Doll? Por favor, Gaviota, ¿piénselo bien? – Dicen que el oficial, que era de su entera confianza, y pura confidencialidad, tal vez por eso, no ocultaba su molestia y vergüenza. Gaviota y del Polvillo le contesto, con una sonrisa picarona: si, mi rey, hay que ser originales y sorpresivos, así estaré, no me voy a cambiar y… le agregó. “Escucha mi príncipe azul, vestido de pureza blanca, uno tiene en la vida que romper los protocolos, para que los protocolos, no lo rompan a uno” Y…Ole.-.

Mientras esto ocurría, la gente no sabía si se trataba de Cesarito Gaviota, el del Palacio de Don Toñito, o, de un desquiciado exhibicionista, desfachatado, que quería sorprender al Rey y hacerle algún desplante. Finalmente, se confirmó, por la risa alocada y su andar de caderas inquietas, que era Cesarito Gaviota del Polvillo, que hizo acto de presencia así, porque no se pudo acicalar a tiempo, para recibir al Rey Juan Carlos, por estar tomando vodka, en las islas de su prima Rosario. Llegó sudado al avión de la corona española, sube un par de escalones de la escalera de metal que conduce a la puerta del avión, se aproxima al Rey, se quita el sombrero, lo saluda, casi de besos, pero se aguantó, y le dice: Bienvenido mi querido Rey, majestad, Juan Carlos de Borbón, a esta tierra que vosotros conquistasteis hace más de 480 años. El Rey, lo miraba desorbitadamente, escudriñándolo desde la cabeza a los pies, muy sorprendido y aterrado a la vez. Con su ocular mirada investigativa que llegaba hasta las sandalias tres puntadas, de color rosado, que calzaba Gaviota, el Rey, le respondió: Gracias, gracias apreciado Ave Cesarito Gaviota del Polvillo, veo que no solo tenéis el alma rota, sino que vosotros, por estáis pasados de copas, lleváis casi descubierto el fundillo, mostrando otra cosa.

Veo que estais, honrando la memoria indígena, y en competencia con catalina, con la vestimenta que os traéis para recibirme. Me haces recordar la época en que mis conquistadores llegaron aquí, viendo el vestir de tus aborígenes, los que con un vulgar y sospechoso tapa rabo, con un delgadito bejuco que le atravesaba la raja de las posaderas, se tapan el hueco del culillo. Así os veo a vosotros. – Gaviota del polvillo, me habéis sorprendido con tu rebeldía loca, de la que os estuve informado allá en mi palacio, porque noticias malas vuelan de boca en boca, como el cigarrillo de ustedes, al que le han puesto piel roja, y no sé por qué. Pero permitidme decirte, que por el andar que lleváis, impulsando un neo libertinaje, llegareis al punto de hacer tanta agua, que se te moje el cayuco, o la canoa.

Ahora si entiendo con este divertido cuento del cuentero de mi villorrio, como se puede transformar el vocablo de liberal a libertinaje, que sería tanto igual como salir del closet, que, de un inmenso escaparate, porque si bien es cierto no se altera el producto, si se estratifica el personaje. –

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