XXX Festival Flamenco de Nîmes: “El Amor Brujo” según Israel Galván

Teresa Fernandez Herrera

Alguien le preguntó hace algún tiempo a Israel Galván que porqué no coreografiaba El Amor Brujo de Manuel de Falla. Y él respondió, “estoy más cerca de Stravinsky que de Falla”. En aquel momento estaba lejos de suponer que haría una versión de El Amor Brujo basándose en un espectro familiar. Y también ya ha recreado a Stravinsky, nada menos que La consagración de la primavera, que  tuvo su estreno absoluto en el Théâtre de Vidy de Lausanne, el pasado 11 de noviembre 2019. La semana pasada estuvo en París, en el Théâtre de la Ville y a mediados de mayo se representará en este mismo Teatro de Nîmes Bernadette Lafont. ¡Aún no hay fecha para su estreno en España!

En El Amor Brujo, Israel Galván impersona al fantasma de su tía Eduarda de los Reyes, que él no conoció, porque ella murió a la edad de cinco años. Un fantasma de alguien que murió sin haber vivido, a veces protestón y enfadado porque hubiera querido vivir, otras juguetón como una niña pequeña y siempre un espíritu burlón como lo es el propio Israel Galván, quién desde hace tiempo convierte sus trabajos en exploraciones de sí mismo, trabajos experimentales donde se espera que el público forme parte de la experiencia.

En  este primer cuadro, no queda ni rastro de un hombre. Es la pequeña y espectral tía Eduarda la que sin moverse de una silla llena la escena. Un fantasma puede hacer lo que quiera y éste ha decidido no dejar de moverse, expresar todo, que es mucho, sin levantarse de una silla. El fantasma está muy bien apoyado por la música de Falla sonando en el clavicordio de Alejandro Rojas Marcos y el cante de David Lagos.

Nadie más en escena. Un espectro no se mueve entre multitudes, se aparece en espacios íntimos y en noches especiales. El cante muy, muy contenido de David Lagos, a veces en susurros, da fe de esta intimidad, de esta paranormalidad de la situación,

Israel Galván ha creado una obra esencialmente teatral, que respira genialidad por dondequiera que se mire. Cada movimiento representa una indagación de todo lo que haría el fantasma de una chiquilla que habría querido vivir. Cuando se estira, se encoge y se retuerce en la silla, cuando juega con juguetes  que tira al suelo y vuelve a recoger, cuando se crispa y se relaja, cuando se queda rígida al final del cante del fuego fatuo, porque sabe que es un fuego fatuo, sabe que está muerta. Pero también es una niña juguetona que se arrastra por el suelo, se tumba, se levanta y sigue jugando. Siempre en movimiento, con esa danza concebida como mimo teatral. Israel se está  demostrando a sí mismo cómo se puede realizar una danza llevada al límite en el reducido espacio de una silla. Todo es al mismo tiempo lógico e ilógico, siempre genial.

Y para dar fe de que todo lo que sucede en escena es espectral, aparece súbitamente esa espiral blanca (en Jerez roja)  en movimiento, que se alza retorciéndose como una columna salomónica, antes de que la niña haga mutis por el foro, tras haber derramado por el suelo un cubo de la tierra que la cubrió, caminando insegura, cojeando.

El Amor Brujo está concebida como un doble reto: para él mismo, sobre todo para él mismo y por supuesto para el público, que en su mayoría se queda en la superficialidad del movimiento, sin penetrar en un significado que permanece en la sombra. La noche bruja, noche de aparición de seres a quienes les quedó mucho por decir en este mundo y que regresan para  decirlo. ¿De quién fue la idea de traer a nuestra dimensión a Eduarda de los Reyes, de Israel Galván o de Pedro G. Romero, director de sus obras desde hace años? 

Segunda parte. ¿O no?

Hasta ahora El Amor Brujo de Israel Galván ha sido una obra de un acto con un solo cuadro de 45 minutos de duración. Pero por primera vez en este XXX Festival de Nîmes,  ha habido una sorpresiva segunda parte, o un avance de un nuevo proyecto, o simplemente un relleno para alargar la representación. Sea lo que sea, esta primicia, ni encaja en lo que hemos visto anteriormente, ni añade nada, porque no hay nada que añadir. Tras el reto de la genial niña fantasmagórica, se tiene la sensación intensa de que esto estaría muy bien en otro sitio, pero no aquí.

Esta segunda parte tiene otras músicas, otros palos, otro toque instrumental además del clavicordio, otro cante, otro baile, otro vestuario, otro concepto, otra luz, otro sonido. Nadie va a cuestionar a estas alturas el baile de Israel Galván, nadie va a dudar de su capacidad de transmitir. Es un Maestro. Pero no deja de causar perplejidad, no sé si porque esa es precisamente la intención de Israel y Pedro o si es la pura subjetividad que sigue a vivir la experiencia de un espectro. Está muy bien musicalizado, cantado y bailado, pero sigue sin ser necesario aquí.

Para añadir perplejidad Israel Galván responde a mi pregunta ¿quién eres en esta segunda parte? de forma escueta: Soy Israel de los Reyes. De los Reyes, el apellido materno. Ahora soy yo quien quiere crear un reto para todos aquellos que quieran admitirlo. Las opciones de respuesta son muchas.

Hay una perplejidad más. De nuevo, al final, vuelve a aparecer la espiral de fuego blanco. ¿De qué fantasma estamos hablando? La tía Eduarda se retiró de escena hace mucho tiempo. ¿De otro o de este Israel de los Reyes?

Israel recorre la escena bailando, creando inquietudes o relajadamente, vestido de negro, a los sones de toques y cantes. Pelo engominado corto, pegado al cráneo, muy estilo años 20 del XX. Con una mímica gestual que recuerda a alguien. ¿A quién? ¿Está otra vez impersonando a alguien?

En todo caso es un segundo cuadro de calmada naturalidad y belleza donde quizá siga indagando en otros yoes, en todo caso muy galvánico.

Y si es pura subjetividad mía, ¿no es lo que busca Israel Galván en su público?

Agradecimiento especial a Sandy Korzekwa por las fotografías.

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