EL PENSADOR: Al final ¿que papel jugamos?

por Antonio Pippo

Me informé que unos cuantos atildados señores, que luego se comprobó integraban una impresionante asociación para delinquir creada en Argentina por un par de pingüinos que llegaron a ser esposos y presidentes del país, cruzaron las fronteras con Uruguay en reiteración real, durante años.

Como en esta pequeña nación escasean radares, drones y aduaneros atentos, esa gente introdujo millones de dólares en grandes bolsos negros. ¡Claro! Por acá tampoco hay demasiada inquietud en el Ministerio del Interior, la Prefectura o la Justicia –salvo que les sacudan el ano a bocinazos y haya marchas de grupos empoderados de fanatismo sectario- por el destino de esos billetes ni por las que debieron ser fabulosas compras de tierra, empresas, inmuebles, contenedores, pinturas de Torres García, vehículos, vacas, chanchos, ñandúes, loros, monos tití y quién sabe qué más.

Me informo que una actividad similar cumplen otros señores asociados cariñosamente con el narcotráfico, con el negocio de armas de no identificado origen y con el tráfico de personas.

Y también advierto, informándome por la misma lectura, que los señores que cumplen con tan enriquecedoras actividades provienen, sobre todo de Argentina, Brasil y Paraguay y que aquí, en esta porción de hectáreas más pequeña, sólo se hallan cómplices de segunda mano, socios menores –de esos que se acostumbra llamar testaferros- y, probablemente, siempre según las versiones circulantes, unos cuantos funcionarios públicos ciegos, tuertos, con cataratas o cortos de vista.

Usted, lector, que me conoce, comprenderá a esta altura de mis averiguaciones a través de esta lectura, que -aprovecho a confesárselo- proviene del seno más puro de las redes sociales, me asaltó una conmoción.

¿En qué carajo nos hemos convertido? ¿A qué cosmos fue a parar nuestra exquisita y preciada soberanía basada en la institucionalidad republicana y purísima cual una virgen pintada por El Greco?

Primero que otra cosa: ¿acaso ni siquiera somos capaces, para el caso de que nos viniera en gana hacerlo, armar semejante negocio e incluso, en una contorsión patriótica, casi con seguridad impensable pero linda de imaginar, destinar los cuasi infinitos dividendos a equilibrar el déficit fiscal? ¿Nuestro destino mediocre es seguir como un perro faldero las botas u oliendo los culos de los verdaderos vivos, de los dueños de la mosca, de la merca, de los botines diversos y diversificados?

¿Es que no hay quien sepa lavar guita por sus propios medios, sin órdenes del otro lado, ni construir bóvedas secretas, ni enterrarlas en, yo qué sé, las sierras de Minas cuando la cosa explote?

No sé, amigo, si me hago entender. Según las redes sociales no sólo la catarata nace en otras tierras, los delincuentes principales son de otro lado y no importa donde fue robada la platita aunque pase por esta estación, lo que apenas nos hace –bueno, no a mí, pero se ve que a otros sí- servidores babosos y atentos de la maligna asociación- Eso sí:  le brindamos ausencias o facilidades: ausencia de controles e inteligencia, ausencia de vigilancia y facilidades de entrada y salida, de paso y de movimientos por tierra, mar y aire.

O sea que somos unos espléndidos tarados, pero no decentes, corriendo la liebre de atrás pero no con nuestro transparente espíritu envuelto de decencia, sino para, en todo caso, prendernos apenas de las migajas.

¡Qué país de porquería!

Pero de pronto, todo cambió.

Es que yo estaba en plena reflexión sobre esto, cuando eché una mirada a un par de periódicos locales y en ellos descubrí que se está investigando con minuciosidad y preocupación el terremoto de noticias falsas que se ha convertido en la principal característica de las redes sociales que me habían atraído tanto.

Solté un suspiro de alivio, para qué mentirle.

Y me dormí (de vergüenza).

Al despertar, fue transpirando y con agitación: una pesadilla. Había visto a un señor canoso, de mejillas desplomadas, creo que fue ministro de algo, decir que el Uruguay no tiene nada que ver con la ola delictiva regional, que estamos blindados, que aquí no hay lavado. Enseguida apareció otro, al que costaba entenderle porque estaba lleno de pelos –pelo, bigote y barba- y se le dificultaba expresarse entre dientes, sentenciando que hay que aprender lo que dicen nuestras leyes: entrar dinero de dónde sea no es un delito, es una falta.

A mi me faltó tiempo para tirarme de la cama y meterme bajo la ducha fría de la forma que corresponde.

Terminé bañándome en calzoncillos y camiseta.

No tengo paz, lector, no tengo paz.


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