Por Antonio Pippo
Según Tomas Abraham, “en nuestro mundo globalizado el tiempo es una entidad sin atributos. Importa la velocidad y quien se retrasa es perdido de vista (…) Los anticipos del porvenir presentan paisajes de un exotismo tal que nadie se reconoce en ellos”.
A no engañarse: el filósofo está hablando de política. Y ese contexto que describe es común en países aletargados, desbordados de intolerancia y espíritu chatarra. Por eso, ahora mismo, reina el papanatismo político que se han puesto a bombear histéricamente los principales representantes del gobierno y de la oposición.
Es igual a una “inercia de carril”, como diría Alex Grijelmo, que sume a unos y otros, al parecer empujados por el apuro, al zaparrastroso hábito de mentir, prometiendo cualquier cosa, y, lo que es peor, al intento de desacreditarse con mutuo entusiasmo usando expresiones que serían indignas hasta para un esforzado –y moralmente noble- recolector de residuos.
Dicen aquellos que saben del idioma, que la lengua madre, pura y respetada, es la expresión más fiel de cada pueblo y por eso ninguna otra, o alguna forma dialectal, podrá definirlo.
Esto que he apuntado es, en el fondo, pura compasión. Y pura ingenuidad.
Porque un día sí y otro también uno escucha a los políticos, al referirse a quienes son sus adversarios, que hablan semejando un doblaje de película que, de todos modos, necesita de los sobreimpresos para ser inteligibles; serpentean en el lodo intentando no mancharse mientras agreden pero terminan embarrados hasta las nalgas, resbalando, tropezando, haciendo el ridículo. Y viceversa.
Un doloroso ridículo, aun dejando aparte las ofensas gratuitas y las mentiras groseras, que preanuncia el nivel de húmedo sótano que tendrá el debate de aquí en adelante y hasta que logremos un abollado consenso acerca de todo lo que falta en la sociedad: mejorar la educación, aumentar la seguridad, recomponer el sistema de salud y las pasividades y pensar un poco en los menos favorecidos.
Y, bueno… ¿por qué no aventurar una teoría tal vez audaz pero que intuyo puede ayudar a entender estas circunstancias?
Ha ganado –cuanto menos hasta hoy- el populismo.
Vuelvo a Abraham: “Una cosa es poner en orden nuestra cabeza para que se abra al mundo y otra jibarizar al mundo para que entre en nuestra cabeza”.
Entonces se declama que fulano no sabe andar en ómnibus, que mengano nunca cargó cajones en la feria, que zutano jamás trabajó y no tiene currículo para presentar y que perengano es apenas un criminal al que la elasticidad democrática regaló un sillón que no merecía. Ah… y esto sin olvidar a perenganita, que entra y sale de cónclaves evangelistas boqueando frases hechas, ni a zutanita que se pone en santurrona de la rehabilitación de los equivocados después que, en el pasado, fusiló a unos cuantos y que menganita vomita contra los ruralistas y luego les pide disculpas –sin limpiarlos un poquitín- reconociendo que no sabía de qué hablaba.
Parodias. Comedias. Impostaciones.
En fin, sinónimos exquisitos del cinismo y la hipocresía reinantes, cuando los “nabos de siempre” –según la ya popular sentencia del colega Tomás Linn- o sea nosotros los ciudadanos, a cambio de pensamiento crítico, hechos objetivos que deban aceptarse como verdades y propuestas que no ofendan el intelecto de nadie, recibimos a incontrolado ritmo cotidiano una sarta de imbecilidades que merecerían, ¡claro que sí!, el mejor y más caro documental que pudiese hacer el beodo de Kustorica.
Estamos en tiempo de que el país dé un paso político fundamental para cualquier democracia republicana.
Los que han tomado el timón y deben conducirnos hacia el porvenir actúan, por mera incapacidad o inducidos a copiar lo que les cae de enfrente, igual a una desafinada y desordenada comparsa de carnaval cuyos integrantes sacan la lengua al público y exhiben una estúpida sonrisa desdentada. ¿Los otros? Habría que preguntar dónde están y haciendo qué.
No sé si me entendió, lector. Si no lo hizo, mala suerte.
Sólo miro alrededor y no encuentro a la decencia, a la inteligencia, al respeto por los demás, ni una mínima frase que no triture el idioma, nuestras gónadas y, cual bajada trágica de telón, nuestras esperanzas.
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