EL PENSADOR: Pidiendo ayuda al reino animal.

Por Antonio Pippo

“El sistema político es un sistema de reproducción. Cuando aplicamos la palabra ‘deseo’ tanto al poder como al sexo, nos encontramos más cerca de la verdad de lo que imaginamos” (El animal imperial).

El país está siendo sacudido por una serie de hechos entrelazados por un común denominador: una determinada forma de hacer política –aunque con matices- tanto desde el gobierno como desde la oposición.

Mi hartazgo ha llegado a tal punto que decidí, sintiéndome fuerte para afrontar las consecuencias que sobre mí caigan de los lectores, explicar lo que tantos han querido hacer sin lograrlo a través de una serie de reflexiones, cuya audacia admito pero que podrían dar cierta luz al escenario. ¿Con humor? Quizás.

Fue el antropólogo y etólogo holandés Frans de Waal quien acuñó, tras extensas y exitosas experiencias, una frase que hoy incomoda y disgusta tanto como cuando la proclamó: “Los orígenes de la política son más antiguos que la humanidad”.

En la base de tamaña idea respira la convicción de que la especie humana forma parte de la gran cadena evolutiva animal, por más que sea –y parafraseo a de Waal- “la más extraordinaria y afortunada de las especies que hayan existido”. Para probar el parentesco con nuestros más recientes antepasados, los chimpancés, basándose ingeniosamente en la política, este investigador estuvo años observando conductas en una gran colonia reproductora de estos monos antropomorfos en Arnhem, Holanda; sus conclusiones son conmovedoras: si tomamos la famosa definición que Harold Lassswell dio de la política como un proceso social que determina “quién gana qué, cuándo y cómo”, no hay duda de que los chimpancés encajan en ella desde bastante tiempo antes que el hombre creyera inventarla.

El descubrimiento logrado en Arnhem básicamente es éste: “Los políticos arman mucho ruido cuando hablan de sus ilusiones y promesas, pero se guardan de revelar sus aspiraciones personales de poder; incluso (…) en gran medida no somos conscientes de que jugamos a este juego, y no sólo escondemos nuestras intenciones a los demás, sino subestimamos el enorme efecto que tienen sobre nuestra conducta; sin embargo, los chimpancés muestran sus impulsos ‘básicos’ de forma patente, aunque su interés por el poder no sea mayor que el de los humanos, sino más obvio y seguramente más rudimentario. Todos los individuos intentan conseguir algún grado de relevancia social, y luchan por ello hasta que consiguen un equilibrio provisional. Tal equilibrio es el que determina las nuevas posiciones jerárquicas. El equilibrio del poder se pone a prueba todos los días y, si es demasiado débil, se sustituye entonces por uno nuevo. Por consiguiente, la política de los chimpancés es además constructiva y los seres humanos, en lugar de enfadarse, deberían sentirse honrados de recibir el apelativo de animales políticos”.

¿Adónde vamos con todo esto, preguntará usted, lector, además de lo que parece evidente?

Simple. A Frans de Waal un periodista perceptivo le preguntó una vez: “¿Cuál cree que es el chimpancé más grande de nuestro actual gobierno?”.

No viene al caso la respuesta que dio el investigador. Yo digo -con absoluto respeto por las personas involucradas- que en la política nacional actual, si de actitudes constructivas de trata, se sufre carencia de chimpancés.

A quien se espante le ruego que serene el ánimo y repare en la actitud de políticos de aquí y políticos de allá, frente a la gran responsabilidad que exige el país si pretende tener futuro y que no es viable, ni siquiera como utopía, sin un acercamiento tolerante y respetuoso a consensos sobre cuestiones claves.

Anoche tuve un sueño horrible: me veía tratando de comunicarme a como diera lugar con los responsables del zoológico Arnhem, intentando que nos cedan durante unos meses a los chimpancés más desarrollados con que cuenten.


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