LA AVENTURA DEL TANGO: ETERNIDAD DE LA BÚSQUEDA

ANTONIO PIPPO PEDRAGOSA Columnista

Hace pocos años, Yoli Fidanza, elogiando las virtudes de Tinta roja, tiró al aire la moneda de una idea audaz: “Me atrevo a pensar que el protagonista del tango es igual al personaje de Marcel Proust, que anda en busca del tiempo perdido tras el recuerdo de la muchacha en flor. Ella no se llamará Albertina, sino Malena, y él no perseguirá su sombras por las playas de Balbec ni por los salones de la aristocracia; lo hará por las calles borgeanas, por esquinas del barrio o cafés del centro. Pero la búsqueda será la misma: volver al sentimiento que ya es pasado, el tiempo recuperado y fijado en la poesía llena de añoranza”.

Paredón,/ tinta roja en el gris/ del ayer…/ Tu emoción/ de ladrillo feliz/ sobre mi callejón/ con un borrón/ pintó la esquina

Inicio que le hizo decir a Manuel Adet: “Dos versos y el poema está presentado. Es más, ¿por qué no pensar que allí empieza y termina, que ahí está todo? (…) Como en los sueños, sólo recordamos personas, objetos y colores cargados de sentido. Y con esa significación, la breve mención a la vereda –Veredas que yo pisé,/ malevos que ya no son,/ bajo tu cielo de raso/ trasnocha un pedazo/ de mi corazón-, a los malevos, al propio arrabal, es una constante de nuestros grandes poetas, desde Manzi al propio Borges”.

Elogios floridos, tal vez excesivos, de quienes han estudiado uno de los tangos mejor escritos que se conoce: es probable que música y letra den en Tinta roja la expresión acabada de eso llamado “la cadencia del tango”. Difícil de explicar, quizás quiera decir sabor, tono, equilibrio, hasta perfección en la unidad. Aquí podríamos, lector, recordar a Pugliese: “Musicalmente el tango heredó del compadrito del novecientos lo que expresamos con el anticipo, la cortada y el arrastre. De todo eso, según yo lo veo, Tinta roja es un perfecto modelo”.

Sebastián Piana –nacido en Buenos Aires el 26 de noviembre de 1903 y fallecido en la misma ciudad el 17 de julio de 1994-, autor de la música, acababa de casarse y se había mudado a una nueva casa. Corto de dinero le propuso a la RCA Víctor grabar un tango cuya melodía ya tenía casi pronta: le aceptaron siempre que tuviera letra; al otro día Piana estaba trabajando con Cátulo Castillo –nacido el 6 de agosto de 1906 en Buenos Aires y muerto en la capital argentina el 19 de octubre de 1975-, quien aún era más músico que letrista, y por un raro conjuro de las hadas del arte el tema quedó listo en cuarenta y ocho horas. Sus familias se conocían. Piana había creado con letra de José González Castillo un gran éxito, Silbando, en 1925, y un año después, con Cátulo construyendo una segunda parte musical, había dado marco a la primera gran poesía de Homero Manzi, El ciego del violín, finalmente registrado como Viejo ciego.

Los autores eligieron Tinta roja para título del tango que liberó de apreturas económicas a Piana y que fue estrenado y grabado en octubre de 1941 por Aníbal Troilo con la voz de Fiorentino. Curiosamente, tuvo escasa repercusión pese a sucesivas y calificadas versiones –Miguel Montero, Susana Rinaldi, Rubén Juárez, Alberto Marino- hasta que Goyeneche lo llevó al disco en 1971, marcando un antes y un después para este impecable clásico.

Entre los entendidos hay puristas que siempre hallan piedras en el camino, por usar una forma poética de decir “objeciones” o “críticas”, y también quienes hablan de un ayer con los colores de este tango –el gris del paredón, el rojo pálido de los ladrillos, el bermellón del carmín, el negro del hollín-, de seres y de hechos difumados en la niebla de la memoria, que se sienten perdidos hasta que una rara nostalgia los trae al recuerdo; igual, entonces, a si lo pasado se parase delante nuestro en un mundo ilusorio, sí, aunque luminoso, feliz.

Vuelvo a Fidanza y su peculiar visión de Tinta roja: “Tiempo detenido, apresado en la poesía del tango. Ambigüedad del recuerdo y del olvido, del placer y del dolor, la amada presencia, atrapado el fantasma de la ausencia. Emociones del alma, la tinta roja del paredón, el balcón, todo fatalmente confundido en el color de la melancolía, en el clima de la tristeza. Cátulo Castillo, en un matrimonio perfecto con la música de Piana, pone en boca del protagonista de su tango todo el dolor de la añoranza, todas las preguntas comunes al hombre: la infancia perdida, los sueños, la identidad que un barrio presta”.

Y cierro: “Añorado mundo inexistente, donde en la bruma de la memoria grande creíamos ser felices”.

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